Durante la primera media hora nadie sabía que se celebraba un evento deportivo, pues se hizo un repaso político y militar (a mi entender algo embutido para contentar a los socios escoceses, galeses y nordirlandeses), e incluso tuvimos un minuto de silencio por sus guerras, en una falta total de respeto a todas las autoridades y banderas que allí en el estadio se encontraban reunidas, y que probablemente se sintieron ofendidas. No hace falta dar nombres porque la lista de oponentes en el mundo contra los belicosos británicos sería muy cercana a la lista de naciones del mundo. Si el minuto hubiese sido en honor a las víctimas en el general de las guerras, habría estado fuera de lugar, pero a las víctimas de sus guerras, me parece hasta ofensivo. Menos mal que supieron invitar a Mr. Bean (Row Atkinson), un punto muy divertido y acertado para “tapar los fallos”.
Luego se hizo un repaso a la contribución británica aportada al mundo: la Revolución Industrial, los cuenta cuentos (por cierto, una herencia de la tradición irlandesa, como su whisky), pasando por Peter Pan y El Señor de los Anillos, muy bonito dedicar parte del evento a los niños del mundo y a su Hospital GOSH. Pero la cosa se animó definitivamente con la época de exaltación del Pop, encarnados en el grupo The Beatles. A partir de aquí, empecé a recordar que la ceremonia estaba dedicada al deporte mundial, sobre todo cuando aparecieron los atletas conducidos a paso de tambor.