Cómo es San Borondón


El misterio de las islas Atlánticas se lo debemos a los navegantes del Mediterráneo, único mar navegado y conocido por fenicios, griegos y posteriores romanos. Estos navegantes establecieron en el estrecho de Gibraltar las famosas columnas de Hércules, límite del mundo conocido. Las primeras noticias que tenemos de estas columnas son fenicias «Columnas de Melkart», más tarde los griegos las denominaron «Columnas de Heracles» hasta su actual nombre romano.

 

Cómo es San Borondón y quienes fueron los que trajeron noticias sobre su geográfia, vegetación, fauna y habitantes.

Para cuando el imperio romano cayó, en el siglo IV  iniciándose  el periodo conocido como Edad Media, encontramos varias historias que sobre esta isla.

La primera del siglo VI en el mítico viaje de san Brandan donde describen la isla en la que puede recogerse leña suficiente para preparar un fuego y cocinar para dieciocho personas, que eran las que componían la expedición del monje.

Otra historia similar, es protagonizada por Simbad el Marino, en las Mil y una Noches, en su primer viaje Simbad y su tripulación van a desembarcar en los lomos de un pez enorme sin saberlo hasta que le da por trasladarse.

Simbad comienza su descripción, la isla parecía “un jardín del Paraíso”,  para pasar a describir la acumulación de arenas sobre el lomo del animal y la presencia de numerosos árboles que habían crecido sobre ella. La tripulación  se dispersó por la isla haciendo varios fuegos donde cocinar, comer y charlar, incluso pasear en busca de leña y algo que llevarse ala boca. Esto nos muestra  una tierra mucho más extensa de lo que imaginábamos.

Será al termino de la Edad Media, momento de los grandes viajes a través del Atlántico, de descubrimientos de nuevas tierras y de conquistas de territorios, cuando los relatos sobre la misteriosa isla de San Borondón  resulten más abundantes y en especial el siglo XVI.

San Borondón se presentaba regularmente ante los ojos de residentes y viajeros, como cita el propio Cristóbal Colón (?-1506) en su Diario de a bordo (9 de agosto de 1492) cuando habla de un madeirense que en 1484 solicitó ayuda para encontrar una isla que veía cada año en el horizonte.

Aparece ya su silueta en los mapas portulanos del XIV y XV, incluyendo siempre pequeñas alusiones o sesudas cavilaciones sobre tan curiosa materia. El convencimiento general sobre su existencia llevó a los monarcas europeos, especialmente los portugueses Alfonso V, Juan II y Manuel I, así como los Reyes Católicos y Carlos I en España, a realizar en numerosas ocasiones donación de esta isla a diversos personajes a condición de que la encontraran.

En especial fue el siglo XVI en el que San Borondón se mostró con una frecuencia mayor de la habitual, y aunque en cada ocasión se presentaba en latitudes diferentes (normalmente al oeste de las islas Canarias y a veces algo más al norte), siempre mostraba la misma silueta, formada por dos grandes protuberancias separadas por un barranco poblado de vegetación.


Los avistamientos fueron tantos que cuando una nave se perdía en el océano y llegaba a una tierra sin identificar, sus marinos quedaban convencidos de que habían llegado a San Borondón.

En textos de Leonardo Torriani (ca. 1560-1628)  se resalta la peripecia de un barco portugués que, llegando a La Palma desde Lisboa en 1525, comenzó a hacer aguas de manera peligrosa viendose obligados a atracar en la tierra más cercana. Resultó ser nuestra isla fantasma, extremadamente fértil gracias a que estaba atravesada por un río que alimentaba enormes y frondosos árboles. El relato fue tan convincente que propició que un año más tarde se organizara una expedición en su búsqueda, comandada por Fernando Álvarez y Fernando de Troya, que desgraciadamente volvió sin resultados positivos.

Quien sí pudo comprobar la historia de los portugueses fue un hidalgo huido de la justicia, de nombre Ceballos, que en 1554 afirmó que había estado varias veces en San Borondón, una isla con espesísimas selvas que llegaban hasta el mar y que estaba poblada de pájaros que no tenían miedo de ser atrapados con las manos. En una playa grande y hermosa, según relató, vio huellas de gigantes y restos de haberse celebrado una comida en platos vidriados.

Fray Bartolomé Casanova, desde las costas de Teno (Tenerife), calculó en 1556 que los dos montes debían de ser mayores que el Teide; y así debían de imaginar la isla Roque Nunes y Martín de Araña, quienes organizaron el mismo año otra expedición para encontrarla.

Los barcos seguían topándose con La Inaccesible por casualidad, como aquellos marinos franceses que en 1560 hicieron  con la madera encontrada en su costa un palo mayor para sustituir el que se les había partido. Convencidos de que estaban en la isla del santo, dejaron como testigo una carta, algunas monedas de plata y una cruz de gran tamaño.

Ahora la mejor y más completa descripción sobre la isla de San Borondón la encontramos en los documentos archivados en la Real Audiencia de Canarias tras la investigación llevada a cabo para desentrañar el misterio recopilando toda la información que pudieron recabar en 1570.

El testimonio de Marcos Pérez, al comparecer ante las autoridades, relató que cuando volvían del Brasil camino de Madeira, a la altura de las islas Salvajes, una tempestad los condujo al triángulo formado por La Palma, La Gomera y El Hierro y los llevó frente a una isla que no era ninguna de las tres. La tempestad partió la verga de la nave, lo que les obligó a aproximarse a una isla. El acercamiento se hizo tomando muchas precauciones para no varar, y así, con la sonda, comprobaron la profundidad y la composición del fondo: arena negra, muy fina primero y más gruesa al acercarse la orilla.

La tierra en que se encontraban tenía dos montañas, como habían sido descritas anteriormente, de color verde por la abundante arboleda, y  separadas por un profundo barranco. Pudieron observar junto a la orilla un arroyo que nacía quinientos pasos más arriba y discurría por una junquera llena de mosquitos donde también había almirones (planta que conocemos como diente de león) y otras hierbas. Pronto encontraron un gran brezo en el que había una cruz, tal vez la que habían abandonado los anteriores visitantes, y cerca de él, restos de hogueras, cáscaras de lapas y caracoles marinos.

Más arriba había una zona de tierra “de polvillo”, donde vieron huellas humanas que doblaban en tamaño  de las de la gente normal y que se perdían donde el polvillo daba paso al suelo pedregoso. Junto a la mar, la superficie parecía ser de barro agrietado, y en ella había mucha leñasanta, amapolas, malvas y cenizos, y un poco más alejado algún barbusano. El barranco, mucho más tupido, estaba poblado de sauces.

En cuanto a la fauna, pudieron ver gran cantidad y variedad.  Vacas y bueyes, hasta veinte reses de buen porte, blancas, negras, castañas y pintadas, extremadamente mansas y sin marca de propiedad; otro rebaño de cien cabezas de ganado cabrío, machos, hembras y cabritones como los autóctonos canarios; un rebaño de unas doscientas ovejas blancas y negras, que huyeron bajo la arboleda perseguidas por unos hombres que quisieron capturar algunas de ellas; una bandada de gallinas sobre un barbusano; y muy cerca del mar varios alcaudones y garzas, así como numerosas gaviotas que llegaban hasta el barco.

 

Los habitantes de este país son, efectivamente, gigantes, a excepción de los marinos que estos portugueses dejaron en tierra cuando las grandes corrientes les obligaron a alejarse para siempre, y de otros nautas que fueron abandonados allí en sucesivas ocasiones y en parecidas circunstancias.

No son los únicos testimonios, existen muchos más como la del mismísimo corsario John Hawkins (1532-1595) cuando afirmó que sólo los piratas, los más experimentados hombres de mar, estaban capacitados para sortearlas y arribar a tierra firme al ser las corrientes de alrededor de san Borondon de proporciones desmesuradas.

O la de Marín de Cubas (1643-1704) cuando narra la historia de unos viajeros franceses que  cuando hacían la travesía desde Madeira hasta Gran Canaria llegaron a la isla de la quehicieron una de las  descripciones de la tierra firme de San Borondón de la que tomaron como prueba naranjas, hierbabuena, mastrantos y agua fresca.

La isla de San Borondón la Encubierta perdió su misterio con la llegada de la ciencia óptica que dió explicación a su falsa existencia acabando con las misteriosas narraciones de avistamientos y arribadas a esta tierra movil.

Agradecimiento a los autores del artículo donde encontré todos los datos y a su trabajo, Luis Regueira Benítez y Manuel Poggio Capote en rinconesdelatlantico

mury, un beso

 

 

 

 

 

 

 

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